59.1
Jesucristo, Hijo de Dios, que recibe todo del Padre y comunica todo con el Padre en el Espíritu, fue enviado para evangelizar a los pobres. Siendo rico, por nosotros se hizo pobre y semejante a los hombres, para que nos hiciéramos ricos con su pobreza.
59.2
Desde el nacimiento en el pesebre hasta la muerte en la cruz amó a los pobres, y daba testimonio del amor que el Padre les profesaba para ejemplo de los discípulos.
59.3
La Iglesia reconoce la pobreza voluntaria, especialmente en los religiosos, como signo del seguimiento de Cristo, y propone a san Francisco como imagen profética de la pobreza evangélica.
59.4
Mediante nuestra pobreza por el Reino de Dios participamos de la relación filial de Cristo respecto del Padre y de su condición de hermano y siervo entre los hombres.
59.5
La pobreza evangélica comprende la disponibilidad en el amor, la conformidad con Cristo pobre y crucificado que ha venido a servir y es un estímulo a la solidaridad con los pequeños de este mundo.
59.6
No nos apropiemos los dones de naturaleza y gracia como dados para nosotros, antes bien tratemos de ponerlos enteramente a beneficio del pueblo de Dios.
59.7
Usemos, con agradecimiento los bienes temporales, compartiéndolos con los necesitados y dando, al mismo tiempo, testimonio del recto uso de las cosas a los hombres que las ansían con avidez.
59.8
Anunciaremos verdaderamente a los pobres que Dios mismo está con ellos en la medida en que participemos de su condición.
60.1
Puesto que la pobreza evangélica es un ideal muy importante de nuestra forma de vida, deliberemos, tanto en los Capítulos generales como provinciales o locales, sobre la manera de guardarla cada día con mayor fidelidad, mediante formas acomodadas a la evolución de los tiempos y, por lo mismo, susceptibles de reforma.
60.2
Trátese en los Capítulos, de modo especial, sobre el uso social de los bienes confiados a las fraternidades, tanto del dinero como de las casas o terrenos, que hemos de emplear gustosamente para utilidad de los hombres.
60.3
En efecto, nuestra pobreza individual y comunitaria, para que sea auténtica,debe ser expresión de una pobreza interior que no necesite interpretación.
60.4
La pobreza exige un modo sobrio y sencillo de vida, por ejemplo en el vestido, en la comida, en la vivienda, y la renuncia a cualquier forma de poder social, político o eclesiástico.
60.5
Vivamos en consciente solidaridad con los innumerables pobres del mundo y con nuestro trabajo apostólico, incitemos particularmente al pueblo cristiano a trabajar por la justicia y la caridad para promover el progreso de los pueblos.
60.6
Son de alabar quienes, en determinadas circunstancias de la región, viviendo con los pobres y participando de sus condiciones y aspiraciones, los impulsan al desarrollo social y cultural y a la esperanza de la vida futura.
61.1
Observemos la vida en común y compartamos gustosamente entre nosotros lo que cada uno recibe.
61.2
Destínense a uso de la fraternidad todos los bienes, incluso los salarios y las pensiones, las subvenciones y los seguros, que percibimos por cualquier concepto, de tal manera que cada uno reciba de la fraternidad el mismo alimento, el vestido y todo lo necesario.
61.3
Los superiores resplandezcan ante los hermanos por el ejemplo en la guarda de la pobreza y promuevan su observancia entre ellos.