164.1
Los hermanos, siguiendo las huelIas del Señor Jesús que durante toda su vida estuvo sometido a la voluntad del Padre, al profesar la obediencia ofrecen a Dios la propia voluntad como sacrificio de sí mismos, se conforman continuamente a la voluntad salvífica de Dios, sumamente amado, y se entregan al servicio de la Iglesia.
164.2
Además, viviendo en obediencia, descubren más seguramente, junto con la fraternidad, la voluntad de Dios y consolidan la misma unión fraterna.
164.3
Dispuestos, como cuando prometieron gustosamente los consejos evangélicos, presten obediencia activa y responsable a los superiores con espíritu de fe y amor a la voluntad de Dios.
164.4
Tengan por cierto que la oblación de la propia voluntad, hecha voluntariamente a Dios, contribuye muchísimo a la perfección personal y viene a ser para los demás hombres un testimonio del Reino de Dios.
165.1
Los hermanos, al mismo tiempo que se muestran dispuestos a obedecer a los superiores con espíritu de fe, expónganles sus propias opiniones e iniciativas para el bien común; compete a los superiores, después de haber ponderado gustosamente todo con los hermanos, decidir y determinar lo que se debe hacer.
165.2
Es también verdadera obediencia cuanto de bueno haga el hermano con recta intención y de propia iniciativa, consciente de que ello no es contra la voluntad del superior ni en detrimento de la unión fraterna.
165.3
Y si alguna vez el hermano, después de un diálogo fraterno, ve cosas mejores y más provechosas que las que le manda el ministro, sacrifique las suyas voluntariamente a Dios y procure cumplir las que son del ministro. Pues ésta es la verdadera y caritativa obediencia, que satisface a Dios y al prójimo.
166.1
Aquellos que, por razones personales o por circunstancias externas, se ven en la imposibilidad de observar espiritualmente la Regla, pueden, e incluso deben recurrir al ministro pidiendo confiadamente consejos, estímulo y remedios.
166.2
Y que el ministro los reciba y ayude con fraterna caridad y solicitud.
167.1
Todos nosotros, ministros y demás hermanos, procediendo con verdad y sinceridad de corazón, tengamos una gran familiaridad mutua y, con caridad de espíritu, sirvámonos y obedezcámonos de buen grado unos a otros.
167.2
Practiquemos tal estima recíproca que nunca digamos, en ausencia de un hermano, lo que no nos atreveríamos a decir con caridad delante de él.
167.3
Obrando así, seremos en el mundo, que debe ser consagrado a Dios, signo de aquella caridad perfecta que se vive en el Reino de los cielos.
167.4
Pongamos en Dios, sumamente amado, toda nuestra esperanza si alguna vez padecemos estrecheces, persecuciones y tribulaciones por dar testimonio de vida evangélica.
167.5
Impulsados y sostenidos por el Espíritu del Señor y su santa operación, como pobres y hombres de paz, acometamos con valentía grandes iniciativas, seguros de ser premiados por Dios si perseveramos hasta el fin.